Esquí en Chile: El día que la montaña me habló: Conquistando la Garganta del Diablo en Portillo
Una historia cruda y personal sobre cómo superar el miedo en la legendaria Garganta del Diablo de Portillo. Descubre por qué los Andes son más que simples montañas: una escuela de vida para todo esquiador. Esquí en Chile.
PORTILLOES
Mauro | Amante del esquí desde 1978
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Creciendo en Portillo: De la suerte del principiante al Santuario de Juncalillo
En aquel entonces, Portillo era mi patio de recreo, pero un patio con reglas muy claras. Podía navegar por Escuela 1 y 2 con facilidad, y Juncalillo... ah, Juncalillo era mi santuario. Para mí, ir allí era pura relajación; me encantaba esa sensación de navegar sin prisas, dejándome envolver por el paisaje.
La zona de la Escuela era diferente: allí se practicaban saltos , se buscaba la velocidad y se sentía la verdadera intensidad del deporte. Pero había un lugar que siempre observaba con una mezcla de respeto y terror sagrado: La Garganta del Diablo.
Llevaba unos dos años esquiando en Portillo y nunca me había atrevido a subir. Sabía que algunos tomaban la telesilla solo por las vistas, almorzaban en el restaurante y luego bajaban en telesilla, mirando al vacío desde la seguridad de la barra de hierro. Pero eso no era para mí. No subía a mirar; si subía, era para bajar esquiando. El problema era que el miedo me mantenía los esquís pegados a las pistas pisadas .
Enfrentando el miedo: Al borde de la garganta del diablo
Hasta que un día, sin darle muchas vueltas —porque si lo piensas, no lo haces—, me lancé. Me subí a la silla y empecé a subir, cada vez más alto. A medida que el hotel se encogía y el viento empezaba a silbar una melodía diferente, sentí ese nudo en el estómago que te dice que te has metido en un lío.
Cuando finalmente llegué a la cima y bajé del telesilla, el mundo se detuvo. Miré por encima del borde de la Garganta y mi primera reacción fue: "¡Guau! ¿Qué demonios hago aquí?". El nombre no es una exageración; desde arriba, la pendiente parece como si la tierra se hubiera abierto para tragarte por completo. Sentí ese escalofrío que no proviene de la nieve, sino de la adrenalina pura que te recorre la espalda.
Encontrando mi camino: El momento en que todo encajó
Y entonces, ocurrió algo mágico. No puedo explicarlo de otra manera: mi mente se sincronizó con la montaña.
En una fracción de segundo, el caos de nieve y roca se organizó ante mis ojos. Mi cerebro, casi instintivamente, trazó una línea imaginaria perfecta . Vi el camino, vi las curvas, vi exactamente dónde debía fijar los bordes y dónde debía dejar que fluyera. Era como si la montaña hubiera escrito una partitura y yo solo tuviera que tocarla.
Me dejé caer. Era un rítmico pum-pum-pum-pum, rápido, casi eléctrico. No había duda. Mi cuerpo respondió a esa orden mental con una precisión que desconocía. Sin darme cuenta, salí disparado del embudo y volví a la zona de la Escuela.
La paradoja de la adrenalina: por qué siempre volvemos a correr una vez más
Llegué al fondo con el corazón a mil por hora. ¡Qué subidón! No te imaginas la descarga de energía. En ese preciso instante, temblando y jadeando, me dije con total convicción: «Nunca más. Esta fue la primera y la última vez».
Esa mentira duró cinco minutos.
En cuanto recuperé el aliento, la misma adrenalina que me había aterrorizado me dio un empujón. ¿Cómo que nunca más ? ¡Fue lo más increíble que había hecho en mi vida! Así que, casi en piloto automático, me encontré de nuevo en la fila del telesilla. Subí de nuevo, por segunda vez consecutiva, para demostrarme a mí mismo que no era solo suerte, que la conexión con la fila era real.
Después de esa segunda bajada, colgué los esquís por ese día. No me quedaban muchos días de temporada y mi entusiasmo estaba al límite. Necesitaba procesar lo que acababa de pasar.
Lecciones de las pistas: Por qué nunca dejas de ser un verdadero esquiador
Esa experiencia en la Garganta me enseñó algo fundamental sobre mi esquí. Siempre fui un esquiador que necesitaba sentir el control. Si sentía que la velocidad me perdía, si sentía que las tablas empezaban a dominarme las piernas, paraba de inmediato. Hacía un giro enorme, planeaba un rato y recuperaba el control.
Quizás fue un trauma de los primeros días. ¡Me costó mucho aprender! Recuerdo la zona de principiantes, las mil veces que me caí intentando agarrar el elevador Poma o la barra de remolque. Me enganchaba en un borde y me lo comía de las maneras más ridículas imaginables. Perder el control significaba acabar hecho un ovillo en la nieve, y después de bastantes caídas , uno desarrolla un instinto de supervivencia afinado.
Pero ese día en la Garganta del Diablo , el control no fue una lucha; fue un baile. Por primera vez, no estaba frenando para evitar una caída, sino fluyendo para descender . Fue una liberación enorme, un momento en el que mi ansiedad se desvaneció y se convirtió en pura presencia. Es lo que yo llamo la "cura de la montaña": ese estado donde nada más existe: ni tus problemas, ni el mañana, solo la siguiente curva.
El regreso del esquiador
Ahora, después de un tiempo sin esquiar, vuelvo a esquiar. Siento que esa conexión sigue ahí, guardada en la memoria muscular de mis rodillas y mi cabeza. La verdad es que me encanta recordar aquellos tiempos, aquellos en los que Portillo era mi escuela de vida.
Una vez que aprendes a leer la línea en la Garganta del Diablo, esa visión te acompaña para siempre. La montaña te marca. Es un remanso de paz en medio de la locura, un alivio que solo quienes hemos cumplido con nuestro deber en la escuela de principiantes y triunfado en la cima podemos comprender realmente.
¡Nos vemos en las pistas, ojalá muy pronto! ❄️⛷️

