Vértigo, hielo y celuloide: la odisea andina de Robert Redford | Esquí en Portillo.
La increíble historia real de Robert Redford filmando "Downhill Racer" en Portillo, Chile. Descubre la "Maldición Andina", las cámaras de 35 mm y la lucha contra el invierno de 1969. Esquía en Portillo.
PORTILLOES
Mauro | Esquiando desde 1978
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El silencio en la Laguna del Inca no es un silencio cualquiera; es una presencia física que oprime los tímpanos, cargada con siglos de leyendas y el susurro gélido de los glaciares. Pero en el invierno de 1969, ese silencio fue profanado por un sonido ajeno a los altos Andes: el zumbido mecánico de las cámaras Arriflex de 35 mm y los gritos de "¡Acción!" desafiando al viento blanco.
Robert Redford, el niño mimado de Hollywood, no había venido a Portillo para disfrutar del sol de la tarde en la terraza del hotel. Había venido a librar una batalla contra la gravedad, contra la industria cinematográfica y, en última instancia, contra la propia cordillera.
Esta es la historia de Downhill Racer , una producción nacida de una ciega ambición por el realismo que casi termina sepultada bajo las avalanchas de una de las montañas más implacables del mundo. Para el esquiador moderno, que se desliza sobre tablas de fibra de carbono sobre pana preparada por satélite, lo ocurrido ese año en Portillo suena a una ficción más increíble que la propia película.
La Visión: La verdad a 80 millas por hora
A finales de los 60, Robert Redford estaba harto. Estaba cansado de las pantallas verdes de Hollywood, de los actores que simulaban velocidad frente a los aficionados en un estudio de Burbank y de las películas deportivas sin alma. Era un verdadero esquiador, un hombre que comprendía que las carreras de descenso no son un baile; son un duelo con el miedo.
Como productor y protagonista de Downhill Racer , Redford se embarcó en una misión que sus agentes consideraron una locura: filmar el esquí como nunca antes se había hecho. Quería que el público sintiera el ardor en los cuádriceps, el viento cortante en la cara y el terror absoluto de perder el equilibrio en una placa de hielo azul.
Para lograrlo, necesitaba nieve en agosto. Necesitaba pistas que hicieran reflexionar incluso a los mejores corredores de la Copa del Mundo. Su mapa lo llevó a un rincón remoto de Chile, a un hotel amarillo brillante enclavado a casi 3.000 metros de altura: Portillo .
Redford no llegó solo. A su lado estaban un joven y ambicioso Gene Hackman y un equipo técnico, la mayoría de los cuales nunca habían pisado una montaña de verdad, y mucho menos una que no hablara su idioma y que pareciera poseer una voluntad oscura y soberana.
El asedio: La fortaleza amarilla bajo el "Blanco Total"
Cuando el equipo de producción aterrizó en Santiago y escaló los caracoles —las 29 escalofriantes curvas que conducen a la frontera—, el choque cultural fue inmediato. Portillo, en 1969, era un ecosistema aislado, una fortaleza de civilización rodeada de picos de 5.000 metros.
La logística que hoy resolveríamos con un dron y unos pocos clics era, por aquel entonces, una pesadilla de proporciones bíblicas. Las cámaras de 35 mm eran monstruos metálicos que pesaban casi veintidós kilos. Mover estas máquinas por las pistas de Juncalillo o Roca Jack requería un esfuerzo físico sobrehumano. No existían las GoPro. Para capturar las famosas tomas en primera persona, se reclutaba a esquiadores expertos que esquiaban con estas pesadas cajas metálicas sobre los hombros, equilibrando el peso mientras descendían a velocidades casi catastróficas.
Pero la montaña tenía otros planes. Los Andes decidieron darle la bienvenida a Hollywood con uno de los inviernos más violentos que se recuerdan.
El Calvario: El tiempo se detiene en el lago
Pronto, el rodaje se convirtió en un asedio. Tormentas gigantescas —lo que los lugareños llaman el "blanco total" — se desataron sobre el hotel. Durante semanas, la producción quedó atrapada. El mundo exterior dejó de existir. Los suministros escasearon y el presupuesto se agotó con cada hora de inactividad.
Imaginen la escena: el interior del Hotel Portillo, saturado de humo de cigarrillo y olor a cera caliente y parafina. En una esquina, un Robert Redford obsesionado, revisando el guion con obsesión mientras su rostro perdía su brillo angelino ante la palidez del confinamiento. En otra, Gene Hackman, cuya intensidad actoral se veía alimentada por la atmósfera claustrofóbica. Las tensiones en el set no eran ficticias; eran el resultado de semanas de aislamiento forzado.
Las tormentas eran tan fuertes que el rugido del viento contra las ventanas les impedía dormir. Las plataformas exteriores que habían construido con tanto esfuerzo quedaron literalmente borradas por la nieve. El equipo, exhausto, empezó a susurrar sobre "La Maldición de los Andes". El realismo que Redford buscaba se estaba materializando, pero de una forma mucho más brutal de lo que jamás había imaginado.
El milagro del descenso: el hielo se convierte en arte
Cuando el cielo finalmente se abrió y el sol andino, implacable y cegador, rebotó en las laderas, la tripulación emergió como soldados de una trinchera. Sabían que les quedaba poco tiempo antes de que llegara la siguiente tormenta.
Desafiando las pistas que hoy catalogamos como "Expertas" o "Extremas", Redford y sus cámaras-esquiadores se lanzaron al abismo. Esas tomas de Downhill Racer , donde el horizonte oscila violentamente y el sonido de los bordes contra el hielo suena como el grito de una fiera, se lograron burlando a la muerte. Cada toma era una apuesta. Si el camarógrafo caía, no solo perdía la vida; destruía una cámara irremplazable a miles de kilómetros de la civilización.
La obsesión de Redford por la autenticidad dio sus frutos. Filmó las carreras de una manera que, incluso hoy en día, en la era del 4K y los estabilizadores digitales, resulta fresca y aterradora. Capturó la soledad del corredor: ese momento en la puerta de salida donde el mundo desaparece y solo queda la siguiente curva.
El legado: La montaña que no pudo ser domada
Aunque el rodaje fue un calvario, el resultado fue una obra maestra de culto. Downhill Racer no es una película alegre. Es fría, dura y competitiva, igual que la montaña. Cuando se estrenó en 1969, el público quedó atónito. Nunca habían visto esquiar así. El estilo documental de la fotografía, nacido de la necesidad y del terreno accidentado de Portillo, cambió para siempre la forma de filmar los deportes de acción.
Para quienes somos adictos a la nieve, esta historia nos recuerda la esencia de nuestra pasión. Portillo no es solo un destino de lujo; es un santuario donde Hollywood intentó medir su fuerza con la naturaleza y apenas logró salir con vida. Cada vez que descendemos por esas laderas chilenas, cruzamos las mismas líneas que Redford trazó con sus esquís de madera y metal, bajo la mirada impasible de la Laguna del Inca .
Hoy, la historia de Redford forma parte del alma del hotel. Cuenta la leyenda que, a veces, cuando el viento sopla justo entre los riscos, aún se puede oír el eco de una cámara de 35 mm girando, buscando el descenso perfecto en la inmensidad de los Andes.

